Uno semejante al Hijo del Hombre

La ilustración a la izquierda busca representar fielmente aquel que el vidente Juan describe como uno semejante al Hijo del Hombre (Apocalípsis 1:13), que estaba en medio de los siete candeleros de oro, y quien luego se identifica a sí mismo no una, sino siete veces, como el Espíritu al decir: El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. (Apocalípsis 2:7, 11, 17 y 29; y 3:6, 13 y 22)

Habrá quienes procurarán romper sus vestiduras con estas cosas, sin embargo, la Santa Palabra de Dios es tan clara, que es difícil de contradecir. En la ilustración a la derecha tenemos una ilustración de Jesús de Nazaret, el Mesías, tocando la puerta del Ángel de Laodicea para que le abra; muy bella ilustración, pero en ninguna manera dibuja al que se muestra en la primera ilustración tocando la puerta de la Iglesia, de la cual ha sido excluído.

Las visiones proféticas son como sueños en los que el Dios del Cielo revela a los videntes cosas que no se ven con los ojos de la cara, cosas tan extensas que no pueden ser abarcadas por ojos mortales, y cosas que aún no existen, cuando son mostradas, pero que ciertamente existirán, cosas que solo pueden ser vistas a través del ojo de la fe, con el discernimiento de las cosas espirituales o celestiales.

Examinemos detenidamente la descripción del que se encuentra entre los siete candeleros de oro, y verifiquemos que su lengua es una espada de fuego de dos filos y siete hojas; y sin entrar en mas detalles, no se trata de Jesús Resucitado, sino que del Espíritu Santo Consolador, en medio de su iglesia, donde fué recibido desde el primer día del Pentecostés. Está aquí para guiarnos a toda la verdad.

Al profeta Daniel (Daniel 10:5-6) se le muestra en visión al mismo que ahora está en medio de los siete candeleros de oro. La preexistencia de aquel que luego en el Apocalípsis recibe todos los atributos del Mesías (Cristo) no debe ser identificado con otro que el Hijo de Dios, en Espíritu y Santidad. El mismo que entró en María para la concepción y encarnación de Jesús de Nazaret, nuestro Señor Lucas 1:35, en quien tenemos toda la plenitud de la deidad. (Colosenses 2:9)

La Ilustración a la izquierda muestra el Cuerpo de Cristo (1 Corintios 12) que es la Iglesia en su plenitud, donde mora el Espíritu de Dios para siempre, miembros de cuyo cuerpo somos los que hemos creído y hemos sido bautizados en su nombre. "El que descendió es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo." (Efesios 4:10) es el Espíritu Santo de Jesús de Nazaret, el Otro Consolador que no podemos ver.

El Espíritu del Hijo de Dios, que habitó en Jesús de Nazaret desde su concepción, fué entregado al Padre Celestial cuando se consumó el sacrificio expiatorio pleno y definitivo; ese mismo Espíritu, que subió arriba para llenarlo todo, fué también el que descendió después, y se vino a posar sobre el cuerpo de los creyenes el día del Pentecostés en que quedó inaugurada oficialmente la Iglesia del Mesías y Cristo. Este Cuerpo de Cristo es el que se manifiesta en la forma de la Ilustración a la izquierda, a la que se superpone la ilustración del Espíritu Invisible, en cuyas manos están las iglesias históricas y las estrellas representativas de los Ángeles de las siete iglesias. (Apocalípsis 1:20) Él es la Cabeza, quien la Santifica, quien la Vivifica guiándola hacia toda la verdad.

El primer miembro de la Iglesia es su Rey, Nuestro Señor Jesús el Mesías, junto a los demás miembros vivos, sus súbditos y miembros del Cuerpo de Cristo, en el Espíritu Consolador. (Romanos 8:29; 1 Corintios 2:11)

Al oponer el Espíritu Santo Hijo de Dios en medio de los siete candeleros de oro, se le está colocando en el devenir de la historia de la Iglesia, porque cada uno de estos candeleros de oro representa un período histórico del desarrollo de la Iglesia que entra a las bodas del Cordero.