El Ángel Tibio

Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. (Apocalipsis 3:15-16)

Al estudio y a la contemplación de lo narrado en Hechos 2:2-4, el Espíritu Santo consagra los discípulos al ministerio encendiendo fuego santo sobre sus cabezas, haciendo de ellos literalmente hablando lámparas encendidas y estrellas que alumbran el firmamento. Porque El que hace a los vientos sus mensajeros, Y a las flamas de fuego sus ministros. (Salmos 104:4; Hebreos 7:1) Estos son también Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad. (Daniel 12:3). Las estrellas en la mano derecha del Espíritu y los Ángeles de las siete iglesias. (Apocalipsis 1:20)

La lámpara del cuerpo es el ojo;... (Mateo 6:22), enseña el Divino Maestro. El Ángel de la Iglesia es la Lámpara y el Ojo de la Iglesia y Cuerpo de Cristo, la lámpara de cada una de las diez vírgenes de la parábola. La Lámpara y el Ojo de la Iglesia en Laodicea.

De esta manera es claro que el Ángel de la Iglesia en Laodicea es la Lámpara de la Iglesia, y que al ser Lámpara, es también el Ojo de la Iglesia en Laodicea. Y si aplicamos lo aprendido sobre la realidad de la Iglesia en Laodicea, es entonces la Lámpara y el Ojo de cada una de las centenas de miles de 'iglesias' o 'denominaciones' que constituyen el conjunto que es la Iglesia en Laodicea.

Cuando el Espíritu hace referencia al Ángel de la Iglesia en Laodicea como a uno solo, se refiere a la condición general de los Ángeles de las 'iglesias' o 'denominaciones'. Efectivamente, en la parábola de las diez vírgenes es evidente que llega un tiempo en el que todas las lámparas están apagadas y todas las vírgenes duermen. Esta es la condición inicial de Laodicea.

El Fuego Purificador de la Interpretación de la Santa Palabra de Dios.

El apóstol Pablo edifica sus discípulos Timoteo y Tito mediante cartas apostólicas que han permanecido hasta hoy en la Santa Palabra de Dios para nuestra edificación, y para edificación de los Ministros del Mesías. El tema fundamental es la sana doctrina que recibieron de él, cómo defenderla y evitar que sea mancillada por otros. Sin embargo, el apóstol también predijo sobre la Apostasía, o anti-apostolado, que destruiría la sana doctrina, que echaría por tierra la verdad y aún prosperaría, pero que esto lo haría por tiempo determinado, tras el cual el rol del verdadero apóstol del Señor consistiría, en reedificar la Sana Doctrina, en rescatar las enseñanzas echadas por tierra por la apostasía; con el Espíritu y el Poder de Elías, la Iglesia Protestante, la Iglesia Reformadora de la Iglesia, y de la Restauración de la Verdad.

Entonces sería lógico pensar que quienes recibieron la doctrina adulterada, la recibieran como la sana doctrina de ellos, mientras que quienes protestaban eran los que querían destruir la sana doctrina. Seamos nosotros jueces, entonces: El Inícuo o Lutero. Lutero se levantó contra las indulgencias, porque creyó que la salvación es por gracia, por medio de la fe, y con ello contra el poder más avasallador de la historia de la humanidad. No hubo temor a que lo echaran de ser sacerdote católico, no tuvo temor acerca de qué comería, no tuvo temor sobre las espantosas muertes que daba la iglesia contra la cual se levantaba contra aquellos que se levantaban contra ella, como Juan Huss, o como Wiecliff, al que desenterraron para quemar sus cenizas.

Lutero fué un Ministro en Flama de Fuego, purificador de las Doctrinas para que éstas reflejaran mejor el Mensaje de Dios en la Santa Palabra de Dios; contra las doctrinas y enseñanzas de su Iglesia. Pero después de Lutero vinieron otros, como los Anabaptistas, que creyeron en el Bautismo por inmersión, entre otras cosas aún en controversia, por lo cual fueron todos asesinados. Y aún otros después de ellos, se levantaron contra enseñanzas de sus iglesias protestantes, y formaron nuevas congregaciones.

Sin embargo, ese fuego se fué extinguiendo, hasta quedar el Ángel en estado Laodicense, y hasta que su Iglesia también durmiera el sueño de la indiferencia de aquel que no vela. El Señor reclama, que no ha terminado la obra de la purificación de las interpretaciones, porque éstas siguen siendo oro de muy mala calidad. Que es necesario encender el fuego para purificar mejor las interpretaciones, hasta que éstas sean puras como el Oro refinado en fuego.