La Oración de Daniel y las Maldiciones de la Ley de Moisés

La descripción que nos dá el profeta Daniel sobre el desarrollo y obra del cuerno pequeño quizá no represente el nivel de detalle de lo que se le mostró en visión, sin embargo el Ángel Gabriel le confirma verbalmente y para nosotros: Y DESTRUIRÁ A LOS FUERTES Y AL PUEBLO DE LOS SANTOS (Daniel 8:24). Es a esta profecía a la que se refiere Nuestro Señor Jesús el Mesías en Mateo 24:15-16; Marcos 13:14; y Lucas 21:20-21, cuando predecía la inminente destrucción de Jerusalén y su Templo, el Santuario Terrenal. Aún más, cuando ponemos en paralelo a Mateo, a Marcos y a Lucas, vemos cómo los términos equivalentes se explican unos a otros, identificando la Abominación Asoladora con los ejércitos que rodearían a Jerusalén antes de destruirla, los ejércitos romanos.

El hecho de QUE JERUSALÉN SERÁ DESOLADA OTRA VEZ es lo que deja sin aliento al profeta, y muy, pero muy triste y desconsolado. Queriendo saber es que acude a la profecía de Jeremías sobre las desolaciones de Jerusalén en setenta años. (Jeremias 25:1, 11-12, y 29:10). Y llora amargamente, y no encuentra consuelo, de manera que derrama su alma ante el Señor pidiendo Misericordia, tomado por sorpresa por la profecía de una nueva desolación de Jerusalén.

Todo Israel traspasó tu ley apartándose para no obedecer tu voz; por lo cual ha caído sobre nosotros la maldición y el juramento que está escrito en la ley de Moisés, siervo de Dios; porque contra él pecamos. Y él ha cumplido la palabra que habló contra nosotros y contra nuestros jefes que nos gobernaron, trayendo sobre nosotros tan grande mal; pues nunca fue hecho debajo del cielo nada semejante a lo que se ha hecho contra Jerusalén. Conforme está escrito en la ley de Moisés, todo este mal vino sobre nosotros; y no hemos implorado el favor de Jehová nuestro Dios, para convertirnos de nuestras maldades y entender tu verdad. Por tanto, Jehová veló sobre el mal y lo trajo sobre nosotros; porque justo es Jehová nuestro Dios en todas sus obras que ha hecho, porque no obedecimos a su voz. (Daniel 8:11-15).